15/02/2026: Hay restaurantes que uno visita por la arquitectura y otros por la cocina. Tragaluz, en Madrid, pertenece claramente al primer grupo.
El espacio es sencillamente espectacular. La estructura exterior, la barra, la iluminación cálida y perfectamente estudiada… todo invita a pensar que uno está a punto de vivir una experiencia memorable. El diseño impresiona. La atmósfera seduce. La decoración es, sin exagerar, de revista.
Y ahí termina lo extraordinario.
El servicio fue, siendo generosos, discreto. Correcto en las formas, pero distante y poco atento. Nada grave, pero tampoco nada que eleve la experiencia.
La cocina, en cambio, sí merece comentario. Porque cuando el continente es tan ambicioso, el contenido debería estar a la altura. Y no lo está.
El momento culminante llegó con el postre. El jefe de sala nos recomendó con entusiasmo una “pavlova” fuera de carta. La pavlova, para quien no lo sepa, es un postre delicado: merengue crujiente por fuera, corazón tierno, fruta fresca, equilibrio entre acidez y dulzor.
Lo que llegó a la mesa fue otra cosa.
Un sorbete rosa, con fragmentos de merengue clavados como si hubieran caído por accidente, unas gotas dispersas de mermelada y una sustancia blanca indeterminada —nata, crema o misterio lácteo sin identificar— alrededor. Ni en forma, ni en textura, ni en sabor recordaba remotamente a una pavlova. Era, básicamente, una reinterpretación tan libre que rozaba la ficción.
Visualmente llamativo, sí. Conceptualmente discutible. Gastronómicamente decepcionante.
En resumen: un espacio impresionante que promete una experiencia que la cocina no consigue sostener. Mucho envoltorio, poco contenido.
Una cena entre amigas que disfrutamos por la compañía, no por el plato.
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