06/04/2026: Lo más difícil; hoy, que el tiempo corre más que nunca es detenerlo. Parar el tiempo. Esto sucede en la Casa de Adolfo.
Estuvimos, en 2019, por primera vez, tres días después de casarnos. En pareja. Y por casualidad lo descubrimos, porque como los buenos tesoros, no se ve a simple vista. Pocos lugares en el mundo me han hecho sentir tan especial y tan bien.
Un menú de siete pasos con producto de la tierra, de caza, con una fusión de elementos, texturas y sabores poco vista y un ejecución perfecta.
Maridado y guiado por el sumiller, Miguel Ángel, con un acierto en todos los vinos. Un mimo y saber hacer poco común en los tiempos que corren.
Nos hemos acordado de Adolfo y su gente todos estos años.
Pues bien. Siete años después volvimos a Toledo. Esta vez con nuestros dos hijos. A ir,
Como buenos padres, a Puy du Fou. No reservamos de primeras y nos resistimos a ir a ver a nuestros amigos de Adolfo porque, con dos niños, a veces te resistes y porque, como dijo Sabina, al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver.
Pero en un acto de locura, pasando cerca, llamamos. Uno no quiere ir porque con un bebé de un año y otra de cuatro; por bien que se porten, hay ambientes en los que no quieres molestar.
Qué acierto haber marcado el teléfono. Antes de la una. Nos dijeron que si; que por supuesto. Javier, hijo de Adolfo, nos enseñó la bodega antes de comenzar. Una maravilla, bajo tierra, casi museística que la familia descubre cada poco porque van descubriendo nuevas vías, salas y pasillos. Cubierta de botellas casi más especiales. Lugar para catas realmente único.
Y luego pasamos a sala para descubrir que Miguel Ángel sigue vinificando las copas como nadie. Maridando perfecto y aconsejando plato a plato. Que Cecilia, Imma, Victor y el resto del personal se preocupan de que la experiencia sea única y de transmitir la perfecta ejecución de los platos de los compañeros de cocina. Que acompañan; sin sobrar, y que tienen un cariño y un mimo impresionante. Llamando a los niños por su nombre y tratándoles de tal manera que hasta el bebé les tiró un “mua” al irnos. Y la mayor abrazó a todo el mundo. Claro; le trajeron chocolates, una pasta fresca hecha por ellos con una salsa casera digna de la mejor osteria napoletana. Con decir que vaciaron el plato queda todo dicho. Yo no lo consigo en mi casa.
Nosotros; qué decir. Los aperitivos de cecina, bacalao y el caldo de romero con jengibre aún los tengo en el paladar. Los espárragos, La cigala en su jugo, el cochinillo, la torrija, todo. No sé elegir. Aunque sí diré que guarden espacio para el final. El trampantojo de manzana con yogur sigue presente en su propuesta. Y mejor no sacarlo. Marca una época.
El ambiente es tan cálido y correcto que los niños no se levantaron de la mesa en las casi tres horas y media que estuvimos en la casa. Y eso, es mucho decir.
Hablar de lujo es banal. Hablar de único es importante. Y Adolfo es único. Es de los de antes. Donde la excelencia es el requisito mínimo y el respeto por el servicio se respira. Valores que, lamentablemente, no se ven ya ni si quiera en restaurantes de ese rango. Por ponerles un ejemplo; al entrar, Miguel Ángel nos obsequió con una sonrisa y recordó dónde nos habíamos sentado siete años antes y los vinos que nos ofreció en aquel entonces y otros detalles. Eso no se paga con dinero. Eso es puro corazón y pasión.
Enhorabuena por el salto generacional; Javier. No es fácil y continuáis sorprendiendo a los que ya han venido y tratándonos de forma única. Cecilia; la maitre; es un simple y llano 10. Y el resto de compañeros de sala, le acompañan con armonía.
Para nosotros se ha convertido en nuestra casa y nuestra cocina en Toledo. Porque, una vez, puedes tener suerte, dos veces e ir a más ya es tesón.
Gracias. Gracias. Gracias a todo el equipo. Nos vemos a la próxima. Y no dejen de avisar cuando vengan a Reus.
30/03/2026: Excelente restaurante. El mejor en Toledo. Servicio, ambiente y comida espectacular! Si no han venido, ni idea de lo que se están perdiendo!