15/03/2025: Una buena experiencia, hemos comido menu y estaba bien en relación calidad precio. Es la segunda vez que venimos. Lo recomiendo
24/02/2025: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️ Un deléite para los sentidos y un viaje en el tiempo en el corazón de Toledo
Hay lugares que no solo se visitan; se viven. El Bar El Corralito, una terraza anclada en el recoveco secreto de la Plaza del Corral de Don Diego, es uno de esos rincones donde el tiempo parece detenerse y las piedras susurran historias de siglos pasados. Nos aventuramos allí con el hambre del viajero curioso y la mirada inquieta de quien busca algo más que un buen plato. Y vaya si lo encontramos.
Nos rendimos ante el festín de sabores toledanos: migas manchegas que parecían susurrar recuerdos de pastores bajo cielos infinitos, asadillo impregnado de la calidez del sol de Castilla, carcamusas que contaban historias de tabernas bulliciosas y ciervo que parecía haber saltado de las páginas de un romance de caballería. Todo ello servido con una atención exquisita, como si el tiempo no importara y el único compromiso fuese el placer de la buena mesa.
Pero no fue solo la comida la que conquistó nuestros corazones. Nuestra perrita, como dama noble en corte ajena, recibió un trato digno de la realeza. La acogieron con una amabilidad que ya quisieran muchos lugares para sus clientes humanos.
Sin embargo, lo que realmente embruja de este lugar no es solo el paladar, sino el alma del Corral de Don Diego. Se alza como un testimonio de urbanismo medieval toledano, un patio cerrado al que se accedía por una sola puerta que, al anochecer, se cerraba para proteger los secretos de sus moradores. Su nombre lo debe al majestuoso Palacio de los Trastámara, antaño propiedad de Don Diego García de Toledo, alguacil mayor de la ciudad y señor de Mejorada, cuya sombra parece todavía vigilar desde las viejas piedras.
Pero la historia nunca es sencilla ni lineal. Se rumorea, en susurros que parecen perderse entre los muros, que este lugar fue un corral islámico en los albores del siglo XII, conocido entonces como la "Plaza de los Cambios", un bullicioso mercado de seda y especias. Y antes de eso, mucho antes, los eruditos más osados sostienen que aquí se alzaba parte del desaparecido Teatro Romano de Toledo. Sí, allí mismo, donde ahora se escuchan las risas de comensales y el eco de copas entrechocando, alguna vez resonaron las tragedias de Séneca y las comedias licenciosas de Plauto.
La historia se retuerce en el tiempo, como las vides en los muros. Tras la caída del Imperio Romano y la llegada de los árabes, el lugar cambió de rostro y de nombre, siendo ocupado luego por el linaje de los Diego García de Toledo, quienes alzaron aquí sus Casas Principales. Fue refugio de nobles, escenario de intrigas cortesanas y, en 1467, ardió en los Fuegos de la Magdalena durante las sangrientas revueltas entre cristianos viejos y conversos. Casi se puede oler el humo y escuchar los gritos de aquella fatídica noche.
A lo largo de los siglos, el Corral de Don Diego ha cambiado de manos y de rostros, ha sido Alcaicería de Paños, Corral de Comedias y escenario de riñas por herencias y mayorazgos. Pero siempre ha conservado su esencia, ese aroma a historia viva y latente que impregna cada piedra, cada sombra y cada rincón.
Si visitas Toledo y no te adentras en El Bar El Corralito, habrás dejado incompleta tu travesía. Porque no se trata solo de comida ni de arquitectura; se trata de escuchar el susurro de siglos, de saborear la historia y de caminar por un teatro que ya no existe... o quizás sí, oculto bajo las piedras que se niegan a revelar sus secretos.
Y mientras brindábamos con cerveza, casi pude ver la sombra de un patricio romano aplaudiendo desde un rincón, satisfecho de que su teatro aún viviera, de alguna manera, en los ecos de nuestra risa.
Toledo nunca fue tan eterno... ni tan delicioso. 🎭🍴🐾