Teníamos que ir al Aeropuerto de Lavacolla en Santiago de Compostela a recoger a un familiar, llegamos un poco antes de lo esperado y decidimos buscar donde cenar. Mi mujer, que ya había estado en Pampín Bar buscó reserva a través de internet y nos apuntamos a la lista de espera. Nos avisaron de que podíamos cenar a las 20:30 y allá que nos fuimos.
Cuando llegas a la puerta del local, escondido en un callejón, te das cuenta de que hay una intención, el hecho de no cambiarla, no modernizarla, significa algo. Dentro el local es acogedor, sencillo, abierto, con la cocina casi a la vista. No tiene lujos pero no es cutre, con los suelos originales del bar y panelados de aglomerado a la vista que le otorga un ambiente cálido, casi con un aire de japonés de una calle cualquiera de Tokio, elegante sin pretenderlo.
Llegamos a la hora convenida y pudimos observar la actividad en la cocina. Después nos enteramos que mucha gente opta por el menú degustación de varias especialidades que ya van preparando con antelación.
Como era una cena optamos por entrantes y primeros, sin llegar a los segundos, más potentes. Todo acompañado de Godello y un pan de bolla gallego, con ese ligero toque amargo que lo hace tan rico.
Comenzamos con unas anchoas con 2 años de maduración sobre pan brioche. Las anchoas eran pura mantequilla, suaves al tacto y potentes de sabor, deliciosas. El conjunto con el pan ligeramente crujiente era perfecto. Seguimos con la empanada de bacalao, donde la cantidad de pescado era generosa. Estaba muy, muy rica, como única pega es que quizás un poco fría. Cierto es que llegamos temprano y la empanada estaba sobre la barra en una bandeja metálica, seguramente sacada de la cámara poco antes y sin tiempo a atemperarse. Seguimos con su famosa ensaladilla. Sabe a la ensaladilla de casa de tu madre. Equilibrada, sabrosa, podrías estar comiéndola sin parar mientras bebes vino a sorbos. No tiene crujientes, elementos más grandes que otros, nada que distraiga, todo en ella está proporcionado en su justa medida. Continuamos con los mejillones en escabeche, muy buen producto con un escabeche suave y rico, aquí nosotros demandaríamos más vinagre en la salsa, pero eso ya es una percepción y un gusto personal.
Terminamos la parte salada con unos choquitos con patatas fritas panadera. Los choquitos eran realmente 'itos', pequeños, con un sabor a mar intenso, muy bien cocinados y que se deshacían en la boca casi sin masticar, productazo con un acompañamiento perfecto con patata muy crujiente.
Nos quedamos con ganas de probar la ensalada de perdiz escabechada, el steak tartar o alguno de sus arroces que vimos pasar mientras cenábamos.
Llegados al postre elegimos una torrija con crema de chocolate blanco y un flan de huevo de gallina de mos con vainilla natural.
La torrija está muy rica, pero el flan es sublime. Su sabor es intenso, llena toda la boca desde la primera cucharada, el huevo tan amarillo, la vainilla natural que le da un toque diferente al habitual y la textura, entre panacota y tocino de cielo... es increíble. El mejor flan que he comido nunca. Para rematar pedí un café cortado, que es de la marca Dromedario y estaba también muy rico.
La atención fue estupenda, el servicio muy bueno y rápido y el ambiente del local, según se va llenando, es animoso sin ser molesto. Las cantidades son adecuadas, salimos con sensación de haber cenado suficientemente.
Sin duda lo recomiendo como destino gastronómico en Santiago y volveré a probar otros platos que me parecieron super apetecibles.
Roberto Rajó 'Robez'
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23 Diciembre 2025
10,0
Antigua taberna con nueva gestión, platos y raciones de aire clásico y tradicionales servidos de manera informal. Son un clásico ya los escabeches, los arroces, los pescados al horno. Buena selección de vinos.
Anna Mayer
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19 Diciembre 2025
10,0
Restaurante maravilloso, comida espectacular, servicio impecable, relacion calidad precio muy bien, totalmente recomendable
Ana R
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12 Julio 2025
10,0