Segunda vez allí. Una visita obligada en Barcelona para los amantes de la gastronomía. Exquisita comida japonesa preparada por los chefs justo delante de ti. Noel, «nuestro» chef, nos explicó cada plato con detalle. Comimos cosas que nunca antes habíamos considerado, como nariz y oreja de cerdo, patas de pollo y pichón traído, por mencionar algunas. ¿Asqueroso? En absoluto. La forma en que cocinan la comida allí es increíble. La oreja era una tempura. La nariz ni siquiera puedo explicarla, tan suave y delicada. En los postres, el mochi de maracuyá estaba juguetón (hice un desastre al comerlo) y delicioso. Comentarios finales: Noel estuvo con nosotros todo el tiempo, pero otros chefs vinieron a nosotros con algunos platos. Qué equipo tan encantador. Para cerrar con una estrella, Albert, el maestro de cocina (antiguo El Bulli), vino a saludarnos, preguntó por la cena y charló un rato. Sí, el maestro de cocina estaba allí, encargándose de todo. Esta es una experiencia gastronómica de 6 estrellas.
Joao Agripino Maia
.
30 Diciembre 2025
10,0
Experiencia gastronómica de alto nivel.
Barra preciosa, atención por encima de las expectativas y bocados que rozan la perfección técnica. Recomiendo reservar con antelación, se llena con facilidad. Opté por el menú con Wagyu, caviar y maridaje completo: una propuesta muy cuidada, donde cada plato dialoga con su vino de manera coherente y sorprendente.
La pastilla helada de ginebra y matcha marca un inicio refrescante y perfumado, con notas cítricas que limpian el paladar. El primer sake “Seafood”, frío y muy equilibrado, acompaña con elegancia sin invadir; sorprende su ligereza pese al grado alcohólico. El maki mochi de naranja y azahar tiene una textura impecable, perfumado y sutil, mientras que el milhojas de yuba con nori crujiente combina matices picantes y cítricos que despiertan la boca.
Con el Miraflores del Pino (Palomino fino fortificado) se inicia un diálogo con los vinos más complejos: aroma elegante, madera vieja apenas perceptible. La croqueta mochi, con masa elástica y sutil toque de jamón, es más interesante por técnica que por sabor, pero resulta original. La pata de pollo deshuesada, horneada y frita es sobresaliente: crujiente, cítrica, con un juego brillante entre lima y menta.
El nare de lubina fermentada dos meses en arroz sorprende por su textura arcillosa y su profundidad umami. Con el sake Keigetsu (estilo yamahai) la armonía es total: notas de pera, dulzor untuoso, auténtico y complejo. Luego llega Andròmina (Cariñena de Terra Alta), un vino afrutado, de acidez perfecta, que realza el Wagyu teppanyaki con trufa. La carne, laminada y prensada a la plancha, concentra sabor y grasa con equilibrio sublime; un plato redondo, pura elegancia.
El Jako, arroz prensado con caviar y matcha, es una joya técnica: textura cremosa, salinidad controlada, y un dulzor efímero que aparece y desaparece. La burbuja del Corpinat Les Voranes (Penedès) es finísima, seco, 10,5 % vol., mucho más elegante que un cava. Con el Uzusukuri de sepia y papada, un mar y montaña japonés, la grasa y el yuzu se funden; no es mi favorito, pero es un plato que se entiende solo.
La tempura de higo con miel y flor de hinojo es un bocado aparentemente simple pero lleno de matices tostados, cremosos y aromáticos. El vino de Sierra de Gredos, con barrica y ánfora, aporta un contrapunto refrescante, estilo “orange”, honesto y limpio. Le sigue Suertes Cool, con notas ahumadas y tanino fino, ideal para el salmonete curado en ceniza con cereza, plato delicado, dulce y salino, de gran precisión técnica.
El Riesling de George Lingenfelder se abre con tiempo, acidez prolongada y retrogusto elegante. Acompaña una merluza al pil-pil de jengibre, de textura perfecta, untuosa y adictiva; probablemente uno de los mejores pases del menú. El Matapalos (Montilla-Moriles) equilibra dulzor y sequedad en un punto técnico admirable.
El pase de codorniz es un homenaje al dominio del fuego: nigiri, pecho a la brasa y pata glaseada tipo yakitori, cada parte cocinada con precisión milimétrica. Le sigue el morro y oreja de cerdo, combinación golosa, gelatinosa y crujiente, donde la mostaza aporta un golpe nasal medido. Plato humilde elevado a alta cocina.
El cuello de cordero al estilo norte de India, con vinagre de jengibre, mango fibroso y helado de cabra, es intenso, especiado y sorprendentemente equilibrado. El Palo Cortado cierra este tramo con fuerza, domando la grasa y resaltando el dulzor del plato.
El postre de pera al sake con yuzu, canela y anís culmina con equilibrio perfecto entre dulzor, acidez y textura. El helado integra el conjunto y deja un final largo, limpio y elegante.
En conjunto, un menú impecable: técnica, concepto y servicio a la altura del precio (140 € menú + 90 € maridaje). Una experiencia para paladares atentos, con un recorrido sensorial coherente y lleno de identidad. Volveré sin duda, con tiempo y reserva, porque aquí la creatividad se sostiene sobre conocimiento y precisión.
A. R. N.
.
08 Noviembre 2025
10,0