13/01/2026: Bajando por la Carrera de San Jerónimo, Blancanieves exclamó: "¿Te apetece un café?". ¿A quien no le apetece un café en compañía de Blancanieves? "Claro" contesté sin dudar.
Y allí estábamos debajo de la famosa cúpula. "Consuélate con un café, que la habitación más barata vale 500 eur." En justa proporción un café express constaba 8 eur. Estaba yo, gruñendo ante tamaño robo, por pedir un vaso de agua del grifo y sin hielo, cuando B me confesó: "Me voy a pedir un irlandés que hace mucho tiempo que no tomo uno" (siempre dice lo mismo, cuando pide un irlándes, con independencia de lo que signifique "tiempo" en su mente). Total, solo 14eur. Como iba a pagar ella, no podía pedir algo más caro, pero es que un express por 8 atenta a mis creencia religiosas, y un vaso de agua pondría en evidencia a mi pretendida B. Ojeando la carta en todas direcciones encontré un orujo por 10eur, lo que parecía razonable.
"Aquí no saben hacer irlandeses" dijo ella. Tuve suerte, la dosis de orujo aunque algo escasa, venía acompañada por unas almendras tostadas ligeramente picantes junto con patatas fritas ultraprocesadas que no hacían juego ninguno. Pero con toda esa caloría, y por 10eur, podía considerarme cenado a buen precio, dado el entorno.
Gastamos sillón por un buen rato, comentando los detalles de la cúpula y los del planeta.
Queda por investigar si la restauración reciente (Ruiz Larrea Arquitectura) ha respetado la solución original de 2012 (Eduard Ferrés i Puig): notamos como sombras de una estructura exterior que interferían con la luz filtrada por la vidriera.
No sonaba el piano: era demasiado pronto.
Cuando llegó la hora de pagar, la cuenta sumaba 32eur. Como en la carta los precios incluían IVA y en la factura no, me hice un lío. Me dirigí a la que me parecía la jefa de sala (es la de vestuario más elegante y trabajo más descansado), le pedí una carta y le hice notar la diferencia: a mi me salían 8eur. Me pidió disculpas y se dirigió a la barra central a desfacer el entuerto. Me salí a la calle pues en el interín me había sobrevenido un problema familiar que exigía una llamada telefónica nítida, indicándole a B que la esperaba fuera, mientras le traían la nueva factura.
Pero B no salía. Así que concluida la llamada y aburrido de buscar detalles en la fachada volví para adentro. Me la encontré dando una espléndida clase de aritmética básica a un camarero de nacionalidad francesa, que había abandonado el comité de crisis alrededor de la jefa de sala (¡5 personas!). B es una profesora brillante, pero el camarero francés tiene el nivel del alumnado que está llegando actualmente a las universidades privadas. Pero con sentido práctico, y visto que llevaban no menos de veinte minutos sin cuadrar las cuentas (el pretendía devolvernos 6 eur y pico, cuando la diferencia era un 8 redondo) y a la vista de que el error estaba en mi orujo, decidió cobrar solo el irlandés.
Pagamos 14eur por lo descrito más arriba, que nos pareció muy razonable para un ambiente tan distinguido. Para redondear le sugerí a B que se llevara el bolígrafo que había pedido para su improvisada clase, pero no se atrevió (y yo tengo prohibido mangar en su presencia, así que el boli allí se quedo---tenía muy buena pinta---, y B, ya fuera, se arrepintió de no seguir mi consejo---como siempre: no seguir... y arrepentirse después).
No desvelaré la verdadera causa del entuerto. Pero en los próximos días tienen todavía oportunidad, querido público, de aprovecharla pidiendo consumiciones desproporcionadamente baratas respecto al café express (8eur), tomando nota del precio en la carta, y luego revisando la factura... Supongo que esta "ventana de oportunidad" no durará mucho.
Coda final: ¿pagan las empresas hoteleras derechos de autor a los constructores de los edificios donde desarrollan sus actividades? En otras BBAA sí se hace...
11/01/2026: El restaurante me pareció sumamente elegante y estéticamente impecable. El ambiente es lujoso, tranquilo y muy agradable, perfecto para disfrutar de una experiencia gastronómica sin prisas.
El servicio fue excepcional: los meseros siempre atentos, amables y con un gran conocimiento de los platos, que explicaban con detalle y entusiasmo, lo que elevó aún más la experiencia.
Comenzamos con unas croquetas de jamón ibérico, absolutamente deliciosas, seguidas de ostras fresquísimas, de una calidad impecable. El entrecote fue simplemente excelente, perfectamente preparado y sin nada que objetar.
El único punto a mejorar —aunque es completamente subjetivo— fue el postre, que en mi opinión resultó demasiado dulce para mi gusto personal. Sin embargo, esto no opaca en absoluto el nivel general del menú.
Si tuviera que mencionar algo “negativo”, sería únicamente que no tenía más espacio en el estómago para seguir comiendo. Todo fue tan bueno que dan ganas de probarlo todo.
Sin duda, volvería tanto al restaurante como al hotel. El servicio es verdaderamente maravilloso y la experiencia, memorable