La ensalada de naranja, nueces y queso de cabra: buenísima, de esas que dices “vale, me la vuelvo a pedir”.
La hamburguesa vegana de alcachofa estaba bien, pero mejor aún con las patatas de boniato, que hacen ese contraste dulce–salado que te deja pensando en tus decisiones de vida.
El postre, la tarta de banoffee, exquisita, nivel cerrar los ojos y asentir con la cabeza. Eso sí, le habría puesto algún trocito de plátano por encima, que el banoffee sin plátano es como el Rubius sin gorra: funciona, pero falta algo.
La comida en general está muy bien. Parece que las cantidades son pequeñas, pero ojo, que luego sacia, no es postureo de plato bonito y hambre después.
Ahora… lo malo. Los baños.
No había papel higiénico, había servilletas, con su envoltorio y todo, una experiencia muy hogareña, como cuando estás en casa y el Mercadona está cerrado y toca improvisar con lo que haya para el culo.
Además, los baños estaban un poco sucios y se nota que la higiene está algo descuidada. La decoración es muy básica, triste… parece que esté en reformas sin estar en reformas. Cero alegría, cero vibes.
Eso sí, punto muy positivo: Miguel, un chico muy majo y muy buen mesero, de los que te arreglan media experiencia aunque el baño esté regular.
Julio Martínez Rico
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07 Enero 2026
8,0