02/03/2026: Nos ha encantado. Atención excelente y platos exquisitos.
01/03/2026: La Mallorquina no es simplemente una pastelería; es el latido dulce de Madrid, un testigo inmutable del paso del tiempo que ha sabido mantenerse erguido en el kilómetro cero de la capital desde finales del siglo XIX. Situada en la emblemática esquina de la Puerta del Sol con la calle Mayor, este establecimiento fundado en 1894 por tres mallorquines —de ahí su nombre— se ha convertido en mucho más que un local de restauración: es una institución, un punto de encuentro generacional y el refugio aromático de miles de madrileños y visitantes que buscan, entre el bullicio de la plaza, un bocado que sepa a tradición.
Al cruzar sus puertas, lo primero que golpea al visitante no es solo el olor embriagador a mantequilla, azúcar glas y hojaldre recién horneado, sino una atmósfera que parece suspendida en el tiempo. La planta baja es un microcosmos de la vida madrileña. Aquí no hay tiempo para las pausas largas ni para las contemplaciones silenciosas. Es un escenario de "café y rápido", donde los camareros, impecablemente vestidos con sus chaquetas blancas, se mueven con una coreografía frenética pero precisa detrás de los mostradores de madera y cristal. El tintineo de las cucharillas contra las tazas de cerámica y el rumor constante de las conversaciones crean una banda sonora única, una energía eléctrica que solo se encuentra en los lugares que han visto pasar la historia de una ciudad frente a sus ventanales.
El mostrador es, sin duda, el protagonista absoluto. Allí reposan las famosas napolitanas de chocolate y de crema, posiblemente el producto más icónico de la casa. No son unas napolitanas cualquiera; su masa es ligera, crujiente por fuera y tierna por dentro, con un relleno generoso que se deshace en la boca sin resultar empalagoso. Pedir una napolitana en La Mallorquina es un rito de iniciación para cualquier turista y una costumbre sagrada para los locales. Pero la oferta no termina ahí. Las ensaimadas, que rinden homenaje a los orígenes de los fundadores, son de una delicadeza extrema, espolvoreadas con esa lluvia de azúcar que parece nieve sobre un paisaje de masa enrollada.
Si uno decide alejarse del frenesí de la barra y subir por las estrechas escaleras hacia la primera planta, el ritmo cambia por completo. El salón de té del piso superior es un oasis de calma señorial. Desde sus mesas, situadas junto a los grandes ventanales, se puede observar el fluir constante de la Puerta del Sol: las manifestaciones, los artistas callejeros, el Oso y el Madroño y el reloj de la Casa de Correos. Es, probablemente, uno de los mejores miradores de Madrid, con la ventaja de poder disfrutar de la vista mientras se degusta un chocolate con churros o un bartolillo madrileño.