En la villa de Íscar, donde la llanura huele a trigo y el humo a Marrakech, hallé una casa de comidas singular, llamada por los lugareños el Kebab de Chamir. Jamás pensé hallar en tan modesto paraje un festín de aromas tan exóticos ni un calor de brasas tan diligente, como si de la comunión de Charmander se tratara.
El amo del lugar, don Chamir, hombre de porte recio y sudor honesto, gobierna el fuego con la misma serenidad con que un marino manda su navío, con calma. Los sonidos de su Alcatel del año que debutó Buffon inundan el lugar, junto a la tele con algún video tétrico indio. A su lado trabaja un compañero de bigote grave y silencio profundo, que mueve la radial pakistana con la precisión de un pintor barroco.
En la trastienda, los hijos del maestro se ocupan con esmero de las patatas fritas, dorándolas con tal devoción que parecen pequeños monaguillos del arte de freír, como si hubiesen sido entrenados por Koldus. El aire allí es espeso y ardiente; el sudor corre por sus frentes como noble tributo al arte del alimento.
Mas, con gran gozo, allá se disfrutan exquisitas delicias como Kebabs, Duruns o plato amigo. Este honorable hombre ha levantado del letargo a fumadores de hierbas montañosa de fuerte aroma y recio efecto en numerosas ocasiones.
La espera no pasa de dies minuto
No le doy 25 estrellas porque no hay