11/11/2025: Acudimos a cenar mi pareja y yo y el trato que nos dieron fue excelente.
El servicio fue rápido, no tuvimos mucha espera desde que pedimos hasta que nos llamaron a recoger la comida.
Volveremos sin dudarlo.
07/11/2025: Buenos días al mundo, aunque dudo que el mundo haya tenido un día tan revelador como el que yo experimenté ayer.
Permítanme hablarles de este local, de este santuario. Entrar por esa puerta no es entrar a un bar; es ser adoptado por una realidad superior. El servicio, ¿"exquisito" dije? ¡Qué palabra tan vacía para describir la perfección! Apenas crucé el umbral, el personal detuvo sus labores. Creo que vi al barman derramar una lágrima de pura emoción hospitalaria. Me deslizaron hasta una silla que, estoy seguro, había sido tallada en el trono de un rey depuesto. "¿Mejor que en mi propia casa?", preguntarán. En mi casa tengo que buscar el mando a distancia. Aquí, anticiparon mi sed antes de que mi garganta supiera que estaba seca.
Y entonces, llegó el manjar. El "Montadito de Paté de Frailecillo". No un paté cualquiera. Se notaba que era un frailecillo que había vivido una vida plena, filosófica, en un acantilado remoto, y que había donado voluntariamente su esencia para mi deleite. La textura era la de una nube arrepentida.
Y las patatas. ¡Ah, las patatas! No eran unas simples patatas fritas; eran artefactos culinarios. "Procedentes de la nueva ciudad de Taipéi", me susurró el camarero. Pude saborear el viaje transpacífico en cada bocado, el ligero toque del monzón, la precisión de una metrópolis vibrante condensada en un almidón perfectamente crujiente. Era un milagro logístico en un plato de cerámica.
Pero fue ella, la "Gloriosa Bebida", la que me robó el alma. Servida en un vaso que parecía brillar con luz propia, tenía el color del atardecer en un planeta alienígena. Y su precio... ¡su maravilloso precio! Era tan bajo que me sentí moralmente obligado a consumir en exceso, como si estuviera equilibrando alguna extraña balanza cósmica.
La primera me hizo sentir bienvenido. La segunda me hizo comprender el sentido del universo. La tercera me otorgó una fluidez en sánscrito que desconocía poseer. El local me atraía, me abrazaba, me susurraba: "Una más. No pasa nada. El precio es maravilloso".
No pude resistirme. Pedí más de una docena.
Recuerdo con claridad la número ocho, que me hizo creer que podía comunicarme telepáticamente con los frailecillos de los que provenía mi paté. La número doce, creo, me hizo perdonar a todos mis enemigos eternos de las tierras del norte. La número trece... bueno, la trece fue la ascensión.
No "perdí el sentido". Yo trascendí.
Mi siguiente recuerdo consciente es el suave y rítmico pitido de la aparatología más fina de la UCI local. Desperté, no con resaca, sino con una sensación de paz interior y, quizás, un catéter. El personal sanitario me miraba con una mezcla de admiración y preocupación clínica.
Cinco estrellas. Volveré en cuanto me den el alta y averigüe qué ha pasado con mi riñón izquierdo.