¡Sin duda, uno de los mejores cafés en los que he estado nunca!
Desde el momento en que cruzas la puerta te envuelve un aroma increíble a café recién molido y bollería horneada en el momento. El local es una preciosidad: luz natural, plantas por todos lados, mesas de madera cálida y una decoración que te hace sentir como en casa, pero elevada a la enésima potencia.
El café… ¡madre mía! Probé el flat white con café de origen Etiopía y fue literalmente perfecto: cremoso, con notas afrutadas que explotaban en boca y una temperatura ideal. Acompañado de una tostada de aguacate con huevo poché y tomates heirloom que estaba para repetir mil veces. Todo fresco, todo hecho con un cariño que se nota.