Este es un bar de toda la vida, de los de antes, de esos que ya casi no quedan, y menos en una ciudad tan urbanizada como la gran urbe herculina. Aquí el trato es prácticamente el mismo que recibirías en el rural, solo que puedes pagar con tarjeta.
Las tapas son humildes y típicas, la comida siempre buena. Llevo viniendo un par de años y nunca falla. En el apagón siguieron funcionando y sirviendo hasta bien entrada la noche, siempre agradables y adaptándose a lo que toque. Incluso a veces tienen castañas asadas de tapa.
También ponen el fútbol cuando hay partido, los precios son económicos y, en general, es un bar humilde, de barrio, de los que merece la pena cuidar.